Las odio, ¿saben? Porque siento que me juzgan, casi puedo jurarles que me están juzgando. Cuando le hablo a alguien y volteo a mi alrededor y me están mirando. Y aunque saben que los veo, no apartan la mirada.
Cuando me siento un poquito bien en esas horas, que bajo la guardia un poco, miro alrededor y me miran. O suben el teléfono y prácticamente me lo pone en la cara. Con la cámara apuntando hacia a mí.
No quiero pensar mal, ¿vale?
Pero no puedo evitar sentir sus miradas. No puedo evitar querer desaparecer porque así lo siento. Porque me miran y de repente se ríen. Porque están hablando y me miran.
Y me duele, joder, no saben cuánto duele. Porque aunque no sé que piensan, no sé de que hablan o se ríen, con el solo mirarme mientras lo hacen, mi mente solo comienza a hacerlo.
Pienso en todo, pienso en cómo me verán, si me me ven peor de lo que yo me veo.
Y me dicen que sea fuerte, que soy más fuerte que ellos, que se creen superiores. Que van a hacer algo si ellos siguen así.
...Lamentablemente, no siempre pueden pelear mis batallas, no cuando la mayor parte del tiempo son contra mí misma.
«Para aquellos que creen que todo el mundo merece un final feliz. Esto es para ti.»
lunes, 14 de septiembre de 2015
27 días.
No sé, ¿vale?
No sé, ya no sé.
Han sido días difíciles, me siguen preguntando cómo fue mi día y sigo diciendo que bien, siempre ha sido bien.
Sabemos que es mentira, sabemos que es la mentira más usada en todo el mundo.
Todos los días son de estar alerta, sin bajar la guardia, tratando de soportar el día. Porque últimamente es más fácil despertarme desanimada y odiando todo que despertarme animada y salir de la escuela solo queriendo llegar a encerrarme en casa.
Es más fácil vivir viendo todo a través de una bruma.
Viendo pero en realidad no, sintiendo y siendo pero no estar ahí.
Es más fácil.
Y sé que la vida no debería ser así, sé que está mal y sé que es como volver a hace dos años atrás. Es como volver a escribir todas esas entradas que tanto odio aquí.
Siento que he vuelto a tener 7 años y yo odiaba la persona que era a los 7 años, odio a la persona que era a hace dos y no sé cómo sentirme respecto a la persona que soy ahora.
Los días se basan en despertar tratando de no sentirme bien, para después no darme un golpe contra el suelo. Llegar a la escuela, sentarme y abrazar mi mochila durante las clases tratando de esconderme. Contar los minutos para que la clase acabe, tratar de estar siempre con alguien que conozca, llegar a casa, tratar de no pensar en todas esas cosas y volver a empezar.
Los fines de semana son los únicos días en los que puedo permitirme tener ganas de despertar. Los únicos días en los que realmente me siento yo. Es como volver a emocionarme por ver Glee, como volver a sentir ganas de escribir por el simple placer de hacerlo, de tener esperanza de que voy a hacer todo lo que sueño.
Quedan 95 días y podré sentirme bien por dos meses.
Joder.
No sé, ya no sé.
Han sido días difíciles, me siguen preguntando cómo fue mi día y sigo diciendo que bien, siempre ha sido bien.
Sabemos que es mentira, sabemos que es la mentira más usada en todo el mundo.
Todos los días son de estar alerta, sin bajar la guardia, tratando de soportar el día. Porque últimamente es más fácil despertarme desanimada y odiando todo que despertarme animada y salir de la escuela solo queriendo llegar a encerrarme en casa.
Es más fácil vivir viendo todo a través de una bruma.
Viendo pero en realidad no, sintiendo y siendo pero no estar ahí.
Es más fácil.
Y sé que la vida no debería ser así, sé que está mal y sé que es como volver a hace dos años atrás. Es como volver a escribir todas esas entradas que tanto odio aquí.
Siento que he vuelto a tener 7 años y yo odiaba la persona que era a los 7 años, odio a la persona que era a hace dos y no sé cómo sentirme respecto a la persona que soy ahora.
Los días se basan en despertar tratando de no sentirme bien, para después no darme un golpe contra el suelo. Llegar a la escuela, sentarme y abrazar mi mochila durante las clases tratando de esconderme. Contar los minutos para que la clase acabe, tratar de estar siempre con alguien que conozca, llegar a casa, tratar de no pensar en todas esas cosas y volver a empezar.
Los fines de semana son los únicos días en los que puedo permitirme tener ganas de despertar. Los únicos días en los que realmente me siento yo. Es como volver a emocionarme por ver Glee, como volver a sentir ganas de escribir por el simple placer de hacerlo, de tener esperanza de que voy a hacer todo lo que sueño.
Quedan 95 días y podré sentirme bien por dos meses.
Joder.
martes, 1 de septiembre de 2015
Missing everything.
No he estado aquí por casi un mes, es raro, pero estas semanas he estado tan ocupada y siento que mi mundo se ha puesto de cabeza.
Entré a una nueva escuela, nos pidieron que entráramos una semana antes porque éramos de nuevo ingreso, eso fue hace...dos semanas y tres días. Y solo les digo que puse un pie fuera del auto ese día y ya quería irme a casa. No quería estar ahí. Quería regresar a mi lugar seguro en mi cama bajo mi cobija.
La primera semana fue solitaria, mis demás compañeros socializaban entre ellos y ya tenían visto con quien iban a pasarla bien por el resto del semestre, quería hablarles, quería reírme con ellos pero me volví demasiado tímida. Me pidieron que me presentara el segundo día y sentía mi cara ardiendo, miraba hacia abajo y tenía la mochila abrazada con fuerza contra el cuerpo. Después, el maestro de pintura me eligió para pasarme al enfrente en una actividad y solo quería cavar un pozo y enterrarme ahí por el resto de mi vida.
Siento que volví a ser como era a los 7 años.
Y es horrible.
La mayoría de mis amigos quedaron en el turno de la tarde, solo 7 de ellos quedaron por la mañana y en diferentes grupos. Otros ni siquiera quedaron. Las escuelas tienen mucha demanda y poco espacio.
Han sido dos semanas y ya quiero que se acaben los tres años que me quedan. Siento que no quiero hacer nada, siento cansancio, cansancio emocional. No quiero ir, no quiero ver a nadie, no quiero ver a los maestros, no quiero ir a ese lugar.
...Cuando estaba en mi primer año en secundaria, tuve algunos problemas con unos compañeros y mi madre me insistía en si me cambiaba de grupo, le dije que sí, al final. La psicóloga habló con los chicos que me molestaban, con mi madre, el director y conmigo. El director prácticamente solo terminó diciendo que tal vez tenía un problema de adaptación, que no era normal, que tenía que hablar eso con alguien. Un año después, volví a tener problemas con los mismos chicos y me quedé en el mismo grupo. Y ahora mi madre piensa que tal vez él tenía razón. Que tal vez debería hablar de eso con alguien.
Me dice que ignore la ansiedad que volvió a mí, que tengo que buscar el lado positivo, que aguante.
Vuelvo a contar los días para que la semana acabe, cuento los minutos para que termine la clase, el miedo de estar sola en el receso y es entonces cuando comienzo a sentir que veo a través de una bruma, como si estuviera soñando despierta. Lo odio.
Hace tres días volví a ver a todos esos chicos que hacen el mundo más ligero y ya los extraño como si hubieran pasado 20 años.
Y está este chico, que esta fuera de mi alcance, que sé que nunca me verá y no quiero volver a sentir eso, no quiero tener que preocuparme por como me ve una persona y sobretodo una persona como él, que es igual a los demás y que trato de evitar. No tengo la fuerza para eso.
Quiero devuelta la familiaridad, la comodidad de no tener que preocuparme al pasar al frente en la pizarra o a revisar, quiero sentarme hasta atrás y reírme de cualquier tontería, quiero hablar con la persona a mi lado o en frente mientras trabajamos y sonreír sin sentir que me estoy esforzando demasiado o que estoy siendo demasiado falsa.
Solo quiero envolverme en los brazos de L y que me diga que todo estará bien, usar sus brazos de cobija y su pecho como almohada.
Solo...supongo que estoy cansada. Han sido muchos cambios y no estaba preparada.
Aún no lo estoy, el mundo sigue girando aunque esté acostada en el suelo pidiendo un descanso, carajo.
Entré a una nueva escuela, nos pidieron que entráramos una semana antes porque éramos de nuevo ingreso, eso fue hace...dos semanas y tres días. Y solo les digo que puse un pie fuera del auto ese día y ya quería irme a casa. No quería estar ahí. Quería regresar a mi lugar seguro en mi cama bajo mi cobija.
La primera semana fue solitaria, mis demás compañeros socializaban entre ellos y ya tenían visto con quien iban a pasarla bien por el resto del semestre, quería hablarles, quería reírme con ellos pero me volví demasiado tímida. Me pidieron que me presentara el segundo día y sentía mi cara ardiendo, miraba hacia abajo y tenía la mochila abrazada con fuerza contra el cuerpo. Después, el maestro de pintura me eligió para pasarme al enfrente en una actividad y solo quería cavar un pozo y enterrarme ahí por el resto de mi vida.
Siento que volví a ser como era a los 7 años.
Y es horrible.
La mayoría de mis amigos quedaron en el turno de la tarde, solo 7 de ellos quedaron por la mañana y en diferentes grupos. Otros ni siquiera quedaron. Las escuelas tienen mucha demanda y poco espacio.
Han sido dos semanas y ya quiero que se acaben los tres años que me quedan. Siento que no quiero hacer nada, siento cansancio, cansancio emocional. No quiero ir, no quiero ver a nadie, no quiero ver a los maestros, no quiero ir a ese lugar.
...Cuando estaba en mi primer año en secundaria, tuve algunos problemas con unos compañeros y mi madre me insistía en si me cambiaba de grupo, le dije que sí, al final. La psicóloga habló con los chicos que me molestaban, con mi madre, el director y conmigo. El director prácticamente solo terminó diciendo que tal vez tenía un problema de adaptación, que no era normal, que tenía que hablar eso con alguien. Un año después, volví a tener problemas con los mismos chicos y me quedé en el mismo grupo. Y ahora mi madre piensa que tal vez él tenía razón. Que tal vez debería hablar de eso con alguien.
Me dice que ignore la ansiedad que volvió a mí, que tengo que buscar el lado positivo, que aguante.
Vuelvo a contar los días para que la semana acabe, cuento los minutos para que termine la clase, el miedo de estar sola en el receso y es entonces cuando comienzo a sentir que veo a través de una bruma, como si estuviera soñando despierta. Lo odio.
Hace tres días volví a ver a todos esos chicos que hacen el mundo más ligero y ya los extraño como si hubieran pasado 20 años.
Y está este chico, que esta fuera de mi alcance, que sé que nunca me verá y no quiero volver a sentir eso, no quiero tener que preocuparme por como me ve una persona y sobretodo una persona como él, que es igual a los demás y que trato de evitar. No tengo la fuerza para eso.
Quiero devuelta la familiaridad, la comodidad de no tener que preocuparme al pasar al frente en la pizarra o a revisar, quiero sentarme hasta atrás y reírme de cualquier tontería, quiero hablar con la persona a mi lado o en frente mientras trabajamos y sonreír sin sentir que me estoy esforzando demasiado o que estoy siendo demasiado falsa.
Solo quiero envolverme en los brazos de L y que me diga que todo estará bien, usar sus brazos de cobija y su pecho como almohada.
Solo...supongo que estoy cansada. Han sido muchos cambios y no estaba preparada.
Aún no lo estoy, el mundo sigue girando aunque esté acostada en el suelo pidiendo un descanso, carajo.
viernes, 7 de agosto de 2015
5:30 am
Te soñé, por segunda vez, te vi bailando.
Dando piruetas como niña, riendo y dejando que el viento alborote tu cabello.
Te miraba desde lejos.
Te veías feliz.
Me subía a un auto y tú te quedabas quieta.
Te mirabas triste, paralizada.
Te acercabas y el auto comenzaba a moverse.
Desde lejos gritabas: "¡No, no, no, no!"
Estirando los brazos hacia el frente, con las manos abiertas.
El auto continuaba avanzando y te hacías cada vez más pequeña.
Solo quería que volvieras a dar vueltas y dejar que el viento mueva tu falda.
Quería escuchar tu risa.
Te miré una vez más.
Desperté.
Dando piruetas como niña, riendo y dejando que el viento alborote tu cabello.
Te miraba desde lejos.
Te veías feliz.
Me subía a un auto y tú te quedabas quieta.
Te mirabas triste, paralizada.
Te acercabas y el auto comenzaba a moverse.
Desde lejos gritabas: "¡No, no, no, no!"
Estirando los brazos hacia el frente, con las manos abiertas.
El auto continuaba avanzando y te hacías cada vez más pequeña.
Solo quería que volvieras a dar vueltas y dejar que el viento mueva tu falda.
Quería escuchar tu risa.
Te miré una vez más.
Desperté.
miércoles, 5 de agosto de 2015
2:40 am son de extrañar.
Papá, mamá, extraño los viejos tiempos.
Los viajes en carretera cuando llovía o después, los pueblos fantasmas o mágicos.
Extraño a mi abuela, aunque su sofá fuera tan cómodo que me durmiera cuando íbamos a su casa. O cuando estábamos en una fiesta en familia y ella siempre tenía la música por dentro y nos contagiaba.
Extraño cuando Ángel y yo corríamos por el patio de mi nana en verano, lanzándonos agua.
Extraño jugar al Mario Kart o Zelda con Tito y Ángel.
Extraño cuando mi tía estaba en casa cada que el trabajo la dejaba y siempre nos hacía reír o pasaba tiempo con la familia.
Extraño que mi tío grite "¡Ya llegué!" en la puerta de mi nana y que Ángel y yo compitamos por ver quien lo abraza primero. (Por las dudas, casi siempre era él, maldito)
Extraño cuando mis muros no lastimaban tanto.
Extraño cuando no sabía que uno de mis tíos fuera tan jodidamente imbécil.
Extraño cuando mis primos (de parte de mi padre) y yo jugábamos juntos.
Extraño jugar en la calle, con todos los chicos con los que crecí, aunque fueran unos hijos de puta conmigo.
Cuando los atardeceres con el cielo pintado de rosa con un toque de naranja o amarillo mientras regresábamos a casa después de un viaje.
Las canciones de P!nk cantadas a gritos con voces desafinadas con Alex y Ale durante dos horas de regreso a casa.
Los días en la alberca con todos.
Extraño las risas y las historias.
Extraño que las ausencias no duelan.
Extraño que mi tía no tenga tantos problemas con sus hijos.
Extraño que mis primos no tengan tantos problemas y responsabilidades.
Extraño a mi abuela sentada en su sillón. Puta madre, la extraño tanto.
Extraño cuando sentía ese algo que me hacía querer escribir todo el tiempo.
Las noches de invierno en la sala de mi nana, con mi hermana dormida en el sofá de al lado y la casa en silencio.
Los cuentos escritos en aquella computadora, ahora descompuesta y sin esperanza.
Las canciones de Fun por las mañanas antes de ir a la escuela.
Las pláticas incoherentes con todos a mi al rededor cuando tenía taller y siempre llegaba medio dormida.
Las idas a la playa, con toda la familia de mi padre, riendo y contando historias, alentando a todos a divertirse.
Las gotas de lluvia de Julio/Agosto cayendo por el cristal, devuelta a casa y Have You Ever Seen The Rain en el radio.
Los viajes en carretera cuando llovía o después, los pueblos fantasmas o mágicos.
Extraño a mi abuela, aunque su sofá fuera tan cómodo que me durmiera cuando íbamos a su casa. O cuando estábamos en una fiesta en familia y ella siempre tenía la música por dentro y nos contagiaba.
Extraño cuando Ángel y yo corríamos por el patio de mi nana en verano, lanzándonos agua.
Extraño jugar al Mario Kart o Zelda con Tito y Ángel.
Extraño cuando mi tía estaba en casa cada que el trabajo la dejaba y siempre nos hacía reír o pasaba tiempo con la familia.
Extraño que mi tío grite "¡Ya llegué!" en la puerta de mi nana y que Ángel y yo compitamos por ver quien lo abraza primero. (Por las dudas, casi siempre era él, maldito)
Extraño cuando mis muros no lastimaban tanto.
Extraño cuando no sabía que uno de mis tíos fuera tan jodidamente imbécil.
Extraño cuando mis primos (de parte de mi padre) y yo jugábamos juntos.
Extraño jugar en la calle, con todos los chicos con los que crecí, aunque fueran unos hijos de puta conmigo.
Cuando los atardeceres con el cielo pintado de rosa con un toque de naranja o amarillo mientras regresábamos a casa después de un viaje.
Las canciones de P!nk cantadas a gritos con voces desafinadas con Alex y Ale durante dos horas de regreso a casa.
Los días en la alberca con todos.
Extraño las risas y las historias.
Extraño que las ausencias no duelan.
Extraño que mi tía no tenga tantos problemas con sus hijos.
Extraño que mis primos no tengan tantos problemas y responsabilidades.
Extraño a mi abuela sentada en su sillón. Puta madre, la extraño tanto.
Extraño cuando sentía ese algo que me hacía querer escribir todo el tiempo.
Las noches de invierno en la sala de mi nana, con mi hermana dormida en el sofá de al lado y la casa en silencio.
Los cuentos escritos en aquella computadora, ahora descompuesta y sin esperanza.
Las canciones de Fun por las mañanas antes de ir a la escuela.
Las pláticas incoherentes con todos a mi al rededor cuando tenía taller y siempre llegaba medio dormida.
Las idas a la playa, con toda la familia de mi padre, riendo y contando historias, alentando a todos a divertirse.
Las gotas de lluvia de Julio/Agosto cayendo por el cristal, devuelta a casa y Have You Ever Seen The Rain en el radio.
[..] cuando amamos con tal intensidad que sentimos la necesidad de crear algo a partir de eso. No exactamente crear, sino actuar en consecuencia.
Echo de menos todo eso.
2:04
Vale...
Voy a hablar de algo que odio. Algo que estoy volviendo a sentir. Algo de lo que quiero deshacerme.
Siempre es lo mismo, me conozco. Conozco el lugar del que huyo. Conozco el lugar en el que estoy, conozco el acantilado del que mis pies se burlan. Conozco la caída. Puedo describirlo con los ojos cerrados.
Odio los nervios de volver a clases, de entrar a una nueva escuela, de no estar con las personas que hacen un poco más fácil. Odio no tener el mismo turno que ellos. Odio preguntarle a mi madre qué haré si no los veo más y que conteste "mírame a mí, me encontré con una compañera casi 30 años después". Yo no quiero verlos en 30 años. Yo quiero verlos al salir del salón o cuando voltee hacia a un lado. Es parte de crecer, me ha dicho. Pues es una mierda.
Odio probarme uniformes o cualquier tipo de ropa. Odio los espejos y hasta me parece insoportable las personas que me ayudan a buscar de mi talla y cuando salgo diciendo: "no me quedo" queriendo morirme.
Quiero enterrarme a mil metros bajo tierra. Quiero llorar y ponerme histérica.
Odio bajarme del auto y ver mi reflejo en los espejos de las tiendas, odio estar tan al pendiente de lo que como en el día, odio revisar las calorías que tiene lo que como, aún así es algo pequeño, odio querer morirme si lo que como suma más de 600 calorías. Odio que me guste ropa y que no pueda usarla. Odio mis pensamientos. Odio que mi mente pique por querer arañarme la piel. Por quitarme esto.
No quiero volver a caer tanto como el año pasado. No quiero volver a dormirme en clases ni sentir que no puedo más con mi existencia a la mitad del día. No quiero mirarme cuando me cambio, no quiero sentirme el cuerpo. No quiero volver a mentir. No quiero no querer ir de nuevo nunca a la escuela. No quiero llorar todas las putas tardes. No quiero volver a escuchar esa voz que me decía...
No quiero.
Estoy harta, porque estoy mejorando de alguna manera.
No quiero fallar y sentir que he fracasado una vez más.
No quiero volver a escribir entradas que nunca publicaré porque son demasiado.
No quiero volver ahí.
No voy a volver ahí.
Voy a hablar de algo que odio. Algo que estoy volviendo a sentir. Algo de lo que quiero deshacerme.
Siempre es lo mismo, me conozco. Conozco el lugar del que huyo. Conozco el lugar en el que estoy, conozco el acantilado del que mis pies se burlan. Conozco la caída. Puedo describirlo con los ojos cerrados.
Odio los nervios de volver a clases, de entrar a una nueva escuela, de no estar con las personas que hacen un poco más fácil. Odio no tener el mismo turno que ellos. Odio preguntarle a mi madre qué haré si no los veo más y que conteste "mírame a mí, me encontré con una compañera casi 30 años después". Yo no quiero verlos en 30 años. Yo quiero verlos al salir del salón o cuando voltee hacia a un lado. Es parte de crecer, me ha dicho. Pues es una mierda.
Odio probarme uniformes o cualquier tipo de ropa. Odio los espejos y hasta me parece insoportable las personas que me ayudan a buscar de mi talla y cuando salgo diciendo: "no me quedo" queriendo morirme.
Quiero enterrarme a mil metros bajo tierra. Quiero llorar y ponerme histérica.
Odio bajarme del auto y ver mi reflejo en los espejos de las tiendas, odio estar tan al pendiente de lo que como en el día, odio revisar las calorías que tiene lo que como, aún así es algo pequeño, odio querer morirme si lo que como suma más de 600 calorías. Odio que me guste ropa y que no pueda usarla. Odio mis pensamientos. Odio que mi mente pique por querer arañarme la piel. Por quitarme esto.
No quiero volver a caer tanto como el año pasado. No quiero volver a dormirme en clases ni sentir que no puedo más con mi existencia a la mitad del día. No quiero mirarme cuando me cambio, no quiero sentirme el cuerpo. No quiero volver a mentir. No quiero no querer ir de nuevo nunca a la escuela. No quiero llorar todas las putas tardes. No quiero volver a escuchar esa voz que me decía...
No quiero.
Estoy harta, porque estoy mejorando de alguna manera.
No quiero fallar y sentir que he fracasado una vez más.
No quiero volver a escribir entradas que nunca publicaré porque son demasiado.
No quiero volver ahí.
No voy a volver ahí.
sábado, 1 de agosto de 2015
¿Por qué escribimos?
-Bueno. Empecemos con una pregunta que en realidad no tiende respuesta. ¿Por qué escribimos ficción?
[...]
¿Por qué escribo yo?
[...]
Para ser otra persona, pensó Cath.
[...]
Para liberarnos de nosotros mismos.
[...]
Para dejar de existir, pensó Cath.
Para no ser nada ni estar en ninguna parte.
[...]
-¿Por qué escribimos ficción?- repitió la profesora Piper.
Cath miró su cuaderno.
Para desaparecer.
[...]
¿Por qué escribo yo?
[...]
Para ser otra persona, pensó Cath.
[...]
Para liberarnos de nosotros mismos.
[...]
Para dejar de existir, pensó Cath.
Para no ser nada ni estar en ninguna parte.
[...]
-¿Por qué escribimos ficción?- repitió la profesora Piper.
Cath miró su cuaderno.
Para desaparecer.
Fangirl,
Rainbow Rowell.
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